08 febrero 2006

Un Retaco en el taxi



Era un día extraño. Me había quedado dormido y salí a la chamba con media hora de retraso. Media hora que pensé recuperar si tomaba un taxi. Después de revisar los bolsillos, decidí abordar uno. Era un Tico amarillo medio matado, su conductor era un tipo gordo y descuidado. Tenía mala pinta, pero ya dije que estaba apurado.

- Cuánto me cobra a Canadá con Arriola, al diario Ojo?
- Ya pe, diez lucas.
- ¡Vamos!

El tipo, de unos 60 años, no hablaba. Genial. Odio a los conversadores dicharacheros criollones que joden a las costillas y que le recuerdan la madre a sus colegas sólo para descargar tensión, según me explicó uno. En fin, eso pensaba en silencio hasta que el taxista me habló.

- ¿Eres periodista?
- Sí
- Del Ojo no?
- No, de Correo
- Yo conocí a un periodista del Ojo... un tal xxx
- No lo conozco. ¿En qué sección trabaja?

El taxista sonrió y se le iluminó la cara. Esperaba que se lo preguntara. Yo, pobre usuario medio adormilado y pensando más en que no me toque ninguna luz roja, caí en la cuenta del error muy tarde.

- Era mi pata, cuando era choro. Yo tenía mi banda hace tiempo
- Cómo se llamaba? -le pregunté tranquilo, como si estuviera haciendo una entrevista en lugar de estar sentado en el vehículo de un seguro asesino que me llevaba sabe Dios a dónde.

- Los retacos de la Victoria. Ya hace tiempo que he cambiado de vida.
- No he escuchado sobre su banda, aunque me suena.
- Claro, tú estabas muy chico

A esas alturas de la conversación no tenía muchas dudas de que el hombre ya no estaba para robarle a nadie. Ya era casi un anciano con muchas cosas que contar, y yo era el oyente de turno. Así que seguí preguntándole y me siguió contando algunas historias sorprendentes.