28 octubre 2005

¿Desapareceran los diarios en papel?


Bill Gates ha dicho que en cinco años "del 40 a 50% de la gente leerá prensa en línea". Osea que la mitad de los diarios no tendrán razón de ser, y probablemente desaparecerán, con lo que sus periodistas pueden perder su trabajo. Estas declaraciones pueden parecer un vaticinio cruel, pero no dejan de tener su verdad.

Los más importantes diarios en castellano, como El País de España, Clarín de Argentina, o El Comercio de Lima, han desarrollados sus sitios webs no sólo como la versión on line de sus diarios en papel, sino como auténticos medios con una infraestructura aparte y un personal dedicado exclusivamente a mantenerlos. Eso porque cada vez hay un mercado que demanda leer más y mejores noticias por Internet.

El periodista español Miguel Ángel Bastenier, subdirector de Relaciones Internacionales de El País, nos advirtió a varios periodistas latinoamericanos sobre esta posibilidad. Muchos nos mostramos incrédulos ante lo que escuchábamos. Es difícil pensar que la gente dejará de comprar diarios. Bastenier nos dijo que comprar un diario todos los días era un hábito, y que la gente tarda en dejar los hábitos, pero los deja. ¿Qué haríamos cuando los pocos lectores que aún le quedan a los diarios se deshagan de este “hábito”?.

Especialización. Esa fue la respuesta que nos dio. Para él los diarios que pueden sobrevivir a esta arremetida de la Internet, serán los que tengan un público cautivo, gente que todos los días encontrará en su diario favorito lo que quiera leer y que sea importante para organizarse, y que se nutrirá de las noticias que las agencias de prensa –especializadas también– produzcan. El resto, las noticias sobre otros temas, las pueden chequear en Internet.

A veces me pregunto si no terminaré como el reportero Kevin Sites, ex corresponsal de guerra de la CNN, ABC y NBC, recientemente contratado por Yahoo para que informe desde las “zonas calientes” del mundo en su blog hotzone.yahoo.com. También llegaría a Perú. Habrá que empezar a ahorrar para comprarse la camarita nomás.

27 octubre 2005

El cine y los árabes


La semana pasada fui con mi novia a ver la película Plan de vuelo, con Jodie Foster. En realidad me pareció aburrida. La trama es medio alucinada: una mujer enviuda y viaja de Berlín hacia EEUU con su niña de 5 o 6 años y con el cadáver de su esposo para enterrarlo en su país, en el avión se pierde su hija pero todo el mundo le hace creer que está loca y que su hija nunca subió al avion y que murió con su esposo.

Pero lo que me llamó la atención de la cinta es que en una escena, la mujer, que andaba buscando culpables, acusa a dos árabes que iban en el avión de haberla estado vigilando, y por ende, de raptar a su hija. Los árabes se defienden con lo que pueden, pero un gordo vestido de rojo y símbolo del americanismo da por cierta las acusaciones de la mujer y los maldice. Uno de ellos, indignado, afirma que los culpan sólo por ser árabes.

Desde los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, el mundo mira a todo aquel sujeto de tez morena, cejas pobladas, ojos marcados y barba crecida, con desconfianza. Incluso, en Londres, el brasileño Charles de Menezez pagó las consecuencias de la paranoia inglesa por los atentados del 7 de julio pasado, y fue brutalmente acribillado a balazos, la mayoría al rostro y cabeza. Su muerte fue un cruel mensaje del mundo occidental contra los que osen atacarlos. Esa xenofobia "preventiva" sólo acrecienta las desigualdades entre los habitantes del mundo. Los árabes se merecen el beneficio de la duda, no la mirada acusadora de Bush.

La madre logra encontrar a su hija y el secuestrador no es otro que un agente de seguridad gringo que resulta siendo un terrorista del aire, y que le dice a sus cómplices que tuvieron suerte de que hubiera dos árabes en el avión porque ahora su coartada es perfecta. Al final, la mujer muestra en sus brazos a su hija, a toda la gente que la creía loca. Uno de los árabes, que también creían que la heroína estaba alucinada, le alcanza amablemente el bolso que se le había caído. No se veía tan amenazador.